Todo comenzó con Tupperware. Esta marca inventó la modalidad de venta a domicilio que con el tiempo se extendió a otro tipo de artículos, casi todos ellos dirigidos especialmente a la mujer: productos de belleza sobre todo, pero también electrodomésticos como aspiradoras, y algunas cosas más. Pero los tiempos cambian que es una barbaridad y ahora que hay cientos de marcas de envases para el frigo en cualquier comercio lo ideal hacer reuniones caseras con juguetes eróticos para adultos que al incluir también cremas completan el círculo (ya en este caso vicioso) de la venta casera de plástico, aparatos eléctricos y cosméticos todo en uno. Las ventajas de este tipo de reuniones es que las féminas no tienen que enfrentarse al sonrojo que les puede causar ir a un sex shop. Además parece que resulta incluso divertido eso de catar los objetos imagino que entre risas nerviosas y miradas cómplices de la amigas invitadas.

Este fenómeno, que nació hace unos años en el sur de Estados Unidos, será por aquello de cinturón bíblico, se ha extendido por todo el mundo en los últimos tiempos y ha acabado llegando a nuestro país. Algunas marcas especializadas en esta modalidad de negocio son La maleta roja, con sede en Barcelona, Topersex, o la guipuzcoana Toyparty, que ya tienen una amplia red de “asesoras” que operan en varias provincias. No deja de ser interesante la publicidad de una de las pioneras en EEUU, Passion Parties, que invita a mujeres que organicen una “fiesta de la pasión”, y “además de la diversión, la emoción y la educación que tú y tus amigas compartiréis, puedes ganar productos Passion gratis”. Estas reuniones están “diseñadas para informar y educar a las mujeres a través de “sabrosas” presentaciones en su hogar”, dicen en su portal.
“Me reí mucho, pero también aprendí mucho”, confiesa Carmen V., una funcionaria que a sus 40 años asistió, invitada por unas amigas, a su primera reunión, celebrada en la casa de una de ellas entre risas, confidencias, tazas de café y chupitos de orujo. Una reunión de tuppersex dura unas dos horas y media durante las que se habla de sexualidad a través de los productos que llevan las vendedoras. Parece ser que en ellas se crea un “clima muy especial de afinidad y bromas” en las que “amigas de toda la vida” se cuentan cosas “que nunca se habían dicho”. Así que ya me lo estoy imaginando, la materialización de Sexo en Nueva York transfigurada en urbanizaciones de bloques de clase media.

¿Y qué pasa con los hombres? Parece ser que algunos se están incorporando poco a poco a la moda pero de momento no ha calado hondo entre la población masculina. La verdad es que me cuesta imaginar a un grupo de machos hablando entre ellos de geles, aceites para masaje, bolas chinas, gayumbos eróticos y cosas parecidas, y no digamos de vibradores. La tensión ambiental se iba a poder cortar con cuchillo y seguro que de los nervios acaban todos borrachos. Ni risas ni confidencias ni café, sólo orujo, para pasar el trago.










