El Callao

Llegué a Perú un 31 de diciembre hacia las 9 de la noche. Víctor y Andrés me recogieron en el aeropuerto y me llevaron al Callao. Cuando llegamos al barrio vi las casas decoradas con guirnaldas de luz navideña. En las calles la gente tiraba petardos. Más tarde se quemarían muñecos hechos con ropa vieja y pequeñas hogueras con trastos. Andrés propuso que hiciera la cena de nochevieja con su familia. Sobre la mesa había unos cuenquitos con lentejas y arroz sin cocinar. -Coge un puñado y mételo al bolsillo, te traerá suerte-. Eso hice, y todavía tengo ese puñado en un cuenquito que compré en el Cusco.

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Al día siguiente me levanté temprano. Todo el mundo dormía. Perú estaba ahí fuera y todo el mundo dormía. Salí a la calle y empecé a recorrer el barrio. Había un pequeño mercado de abastos, tiendas, un mercadillo en el otro extremo. La gente me miraba. Aquel no era precisamente un barrio turístico y supongo que se preguntaban qué hacía allí ese blanquito perdido. Y efectivamente, al cabo de un rato me había perdido. Yo no lo sabía pero estaba siendo vigilado… Seguí caminando. No sabía ni el nombre de la calle donde vivía. Mi sentido de la orientación me estaba fallando. Y de repente, de una casa salió la madre de Andrés, una india con mirada de saber del mundo, y me llamó. Me dijo que me sentara con ella un rato, me dijo que una vecina me había visto y le había avisado. Al cabo de un tiempo Víctor llegó corriendo, agitado, con cara de enfado: -¡Cómo se te ocurre salir solo!- Yo no comprendía. -No vuelvas a salir solo-

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A pesar de la advertencia y de que, efectivamente, nunca más me dejaron solo, los días en aquel barrio del Callao fueron tranquilos y fiesteros. Muchas mañanas nos fuimos al gigantesco centro comercial Minka a desayunar chicharrón, con su mote, y zumo de fresa. Paseamos por la punta y comimos en el chifa del padre de Rosa. El cumpleaños de Víctor lo hicimos dos veces: al mediodía con la familia y a la noche con los amigos. En aquella fiesta descubrí lo que es ser un objeto sexual. Las amigas solteras de Julia quisieron ligar conmigo. Supongo que les parecía un buen partido, porque otra cosa no creo. Yo, que había aprendido esa noche a hacer pisco sour, intentaba escabullirme en la cocina para preparar otra tanda. Entre el calor ambiental y el probar qué tal estaba, el pisco me daba vueltas. Una mestiza entrada en carnes y en años me daba con sus tetas en el pecho. El cóctel consiguió que, con la boca, cogiera su medalla de la virgen metida en el canalillo mientras movía torpemente el esqueleto. Me rodeaban en el baile como pajarillo en red y entraban al círculo por turnos para practicar conmigo, pobre patoso, la salsa sensual. Cómo decirles que no me va el pescao…