Abrimos la sección de libros de este blog reseñando precisamente el que le da título. René Daumal es un poco conocido autor francés de principios del siglo XX. Se dice que si hubiera vivido un poco más podría haber entrado en el Olimpo de la literatura internacional, pero no le dio tiempo. “La montaña análoga” fue el último libro que escribió y seguramente el mejor si hubiera podido terminarlo, pero se dice que literalmente expiró en medio de una frase cuando todavía quedaba por completar el final. El autor nació en 1907 y murió sin haber cumplido los 40 años. Su escasa salud y sus precarias condiciones económicas le impidieron dedicarse íntegramente a su proyecto más importante. Bajo la apariencia de un relato de aventuras en “La montaña análoga” se esconde un viaje iniciático, una metáfora vital sobre la búsqueda de una cima desde cuya cumbre se puede divisar el universo y cuya altura es análoga al límite de nuestro propio espíritu. Daumal define así su intención: “Estoy escribiendo una novela en la que aparecen un grupo de seres humanos que han comprendido que estaban encarcelados, que llegan a la conclusión de que lo principal es renunciar a ese encarcelamiento y parten en busca de esa humanidad superior”.
Dentro del relato hay un hermoso cuento del que reproducimos la primera parte como anticipo y muestra de este fantástico libro.
HISTORIA DE LOS HOMBRE HUECOS Y DE LA ROSA-AMARGA
Los hombres huecos habitan en la piedra, circulan por ella como cavernas viajeras. Pasean por el hielo como burbujas de forma humana. Pero no se aventuran en el aire, pues el viento los llevaría.
Tienen casas en la piedra, cuyos muros están hechos de agujeros, y tiendas en el hielo cuya tela está hecha de burbujas. Durante el día se quedan en la piedra, y por la noche deambulan por el hielo, allí danzan con la luna llena. Pero jamás ven el sol, de hacerlo explotarían.
No comen más que lo vacío; comen la forma de los cadáveres, se embriagan de palabras hueras, de todas las palabras vacías que nosotros nos decimos.
Algunos creen que existieron siempre y que siempre existirán. Otros dicen que son muertos. Aún hay otros que dicen que cada hombre vivo tiene en la montaña su hombre-hueco, lo mismo que la espada tiene su vaina o el pie su huella, y que al morir se reúnen.
En el pueblo de las Cien-casas vivía el viejo sacerdote-mago Kissé y su mujer Hule-hulé. Tenían dos hijos, los gemelos a quien nada diferenciaba, llamados Mo y Ho. Su propia madre los confundía. Para distinguirlos, el día en que se les dieron los nombres colocaron a Mo un collar con una crucecita y a Ho un collar que llevaba un pequeño anillo.
El viejo Kissé tenía una gran preocupación silenciosa. Según la costumbre, su hijo primogénito habría de sucederlo. Pero, ¿quién era su hijo primogénito? ¿Acaso tenía un primogénito?
En la adolescencia, Mo y Ho eran consumados montañeros. Les apodaban los dos Atraviesalotodo. Un día su padre les dijo: “Transmitiré el gran conocimiento a aquél que me traiga la Rosa-amarga, sólo a ése.”
La Rosa-Amarga crece en la cumbre de los picos más elevados. Quema la lengua del que la ha comido cuando se prepara para decir una mentira, sea en voz alta o en voz baja. Puede seguir diciendo mentiras, pero ya está prevenido. Algunas personas han visto la Rosa-amarga: por lo que cuentan tiene un aspecto parecido a un gran liquen multicolor, o a un enjambre de mariposas. Pero nadie ha podido cogerla, pues el menor estremecimiento de miedo junto a ella la intimida y regresa al peñasco. Incluso si, aunque se la desee, se siente cierto miedo de poseerla, desaparece inmediatamente.
Cuando se habla de una acción imposible, o de una empresa absurda, se dice: “es como pretender ver la noche en pleno día”, o “es como querer luminar el sol para verlo mejor”, y también: “es como querer intentar atrapar a la Rosa-amarga”.

René Daumal, “La montaña análoga”, Ediciones Alfaguara








